“El Ayuntamiento de Madrid agradecido por los servicios a la ciudad”, así reza el texto que podemos admirar en distintas farmacias, restaurantes, librerías, pastelerías, restaurantes y muchos más comercios, antes de entrar por sus puertas, en una pequeña placa de bronce diseñada por Antonio Mingote, que sirve para identificarlos como “especiales” por su contribución a la historia de la ciudad.

La Peluquería Vallejo, comercio centenario de la ciudad de Madrid el cuál ha alcanzado ya su tercera generación, lo inicia Basilio Vallejo Abad como encargado de barbería que los hermanos Carralero abriendo en 1916 en la calle de Santa Isabel, en el castizo barrio de Lavapiés. En los años veinte el negocio llegó a contar con treinta trabajadores, entre peluqueros, peluqueras y aprendices, y en los años treinta abrieron una sucursal en la cercana calle Ave María, lo que nos da idea de la importancia del establecimiento en su momento. Y es que en esta castiza peluquería se rasuraron cabezas y barbas tan ilustres como las del premio Nobel Ramón y Cajal, Giménez Díaz o Gregorio Marañón, otros personajes tan populares como  José Luis López Vázquez, y también las de un gran número de viajeros anónimos, recién salidos de la cercana estación de Atocha, que llegaban a esta peluquería con la intención de mejorar su aspecto antes de enfrentarse a la moderna capital. Incluso en 1960 se instauró en la peluquería el “día del cliente”, en el cual todos los clientes eran agasajados con una copa de anís o brandy y un cigarro puro.

Los azulejos de la fachada, declarada de interés histórico-artístico, proceden de Talavera de la Reina; se puede leer en ellos el nombre del solador, Benedicto Hernández, y del ceramista, Ginestal y Machuca. Representan dos escenas de corte de pelo inscritas en sendos círculos, una de un niño y la otra de un adulto, ambos aposentados en sillones de tipo americano, de estructura metálica y respaldo abatible, en contraste con el de madera que subsistía en la mayoría de las peluquerías de la época, incluida Vallejo, que no introdujo dichos sillones hasta los años 30.

Complementan la fachada el típico fondo de peluquería en bandas verticales que alternan los colores azul, rojo y blanco y la decoración con paneles de flores y cenefas con máscaras y liras.

En el interior de la peluquería, que parece un pequeño museo, todavía se utilizan los tradicionales sillones americanos, se conserva la caja registradora clásica, los esterilizadores, las sillas para niños, las vitrinas con colonias antiguas y también los utensilios de aquel entonces: navajas, maquinillas manuales y secadores de pelo. Actualmente el establecimiento lo regentan Elena y Carlos Vallejo, hijos del dueño anterior, Pedro Vallejo, y nietos del iniciador de la saga, que continúan la tradición familiar en esta histórica peluquería madrileña.

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